No, trabajar en una ONG no te convierte en buena persona.

Parece una afirmación estúpida pero no lo es tanto… A lo largo de nuestra vida como cooperantes son incontables las veces en las que hemos tenido que escuchar aquello de « ooooh, ¿trabajas en una ONG? Oh, tú sí que eres buena… » Y a veces parece que a toda persona que trabaja en una ONG, se le presuponga una bondad, empatía y capacidad de sacrificio.
Sí, el mundo sería mejor si todos los humanitarios fueran personas altruistas, buenas profesionales, íntegras, coherentes… Pero no lo son, y cada persona que trabaja en este sector lo hace sin duda por una razón diferente.

De la misma manera que no todas los maestros adoran a los niños, o al igual que todos los médicos no están ahí sólo por amor al prójimo. Hay de todo. Hay algunas personas buenas, otras personas horribles y la mayoría somos una mezcla de grises, siendo más claro o más oscuro el color dependiendo de las circunstancias…

Que dentro del ámbito humanitario existan personas deleznables es un hecho que no debería sorprender ni escandalizar a nadie. De hecho reconocemos que a nosotras no nos sorprendió lo más mínimo todo este escándalo en torno a los abusos sexuales… Lo que debería, y nos debe, escandalizar es pensar que haya podido haber organizaciones que, sabiendo lo que estaba pasando, decidieran mirar hacia otro lado.
Pero no seremos nosotras quienes arrojemos piedras.

“Que dentro del ámbito humanitario existan personas deleznables es un hecho que no debería sorprender ni escandalizar a nadie”.

Hay que reconocerlo: A lo largo de nuestros años de trabajo en terreno, con misiones en diferentes países, contextos y organizaciones hemos sido testigos de muchas situaciones que, ahora, en perspectiva, nos hacen preguntarnos si pudimos hacer algo más de lo que hicimos.

Toca hacer autocrítica. Ojala todas las organizaciones y humanitarios la hicieran. Porque asumir que nos hemos equivocado es la única manera de no volver a hacerlo.

¿Por qué no criticamos el comportamiento de aquella mujer, alto cargo de una organización de apoyo a menores sin familia que mantenía una relación con uno de sus protegidos? ¿Por qué fuimos más lejos en nuestra denuncia al expatriado que todo el mundo sabía que golpeaba a su jovencísima y nueva (después de otras muchas) mujer africana en la casa común de la ONG? ¿Por qué no denunciamos a nuestros colegas que iban a « pillar “ a aquel bar frecuentado por chicas jóvenes y sin recursos, dispuestas a casi cualquier cosa a cambio de “regalos”?

Pues porque cuando estás fuera, sometido a situaciones muchas veces extremas, sola, desubicada, bajo presión; cuando a menudo te toca convivir con tus compañeros de trabajo; cuando te encuentras en un puesto de enorme responsabilidad; cuando de tus decisiones dependen proyectos que pueden suponer una diferencia vital para muchas personas, entonces, la realidad se transforma y no ves todo tan claro. Es entonces cuando se empieza a relativizar, y a poner en la balanza si realmente denunciar merece la pena. Y se acaba normalizando comportamientos que no lo son. Y a buscar excusas: “después de todo, a lo mejor no es tan grave, o tan importante que se den estás desiguales relaciones de poder…”. Y se acaba callando. Casi siempre.

Pedimos disculpas por habernos callado en ocasiones. Y lamentamos esas otras veces en las que lo que vimos fue tan grave que no pudimos callarnos y que, al contarlo en sede, la ONG miró para otro lado, como si no pasara nada, por miedo al escándalo, a perder recursos vitales para los proyectos… Otra vez la misma historia.

“Lamentamos esas otras veces en las que lo que vimos fue tan grave que no pudimos callarnos y que, al contarlo en sede, la ONG miró para otro lado, como si no pasara nada”,

Pedimos disculpas. Y esperamos que el sector sea capaz de hacer lo mismoy de poner en marcha medidas concretas reaccionando a este movimiento.

No se puede juzgar a todas las ONG por unos casos concretos, ni a todos los humanitarios por unas actuaciones concretas, pero si no somos capaces de mirar cara a cara la realidad, nunca cambiaremos.

Entonces ¿qué hacer ?

  • Educación: Apostar por tratar estos temas dentro de la formación especializada (másters, cursos…) pero también dentro de las formaciones internas previas a la incorporación, incluyendo a personal expatriado o local. No deberíamos tener miedo de entrar al detalle sobre lo que no es aceptable. El debate sobre la injerencia en la vida privada de las personas expatriadas no tiene mucho sentido porque no se trata de prohibir relaciones de amor, o una esfera personal. Conocemos personalmente numerosos niños que son fruto de relaciones nacidas en terreno, muchas veces interraciales, pero no siempre las cosas pueden quedar en la esfera privada… Imaginemos el caso de un expatriado occidental, único empleador en una zona extremadamente deprimida, que cambia de « novia » cada semana y que llena a su pareja de regalos…Eso no es tan aceptable ¿no ? Para nosotras debería serlo…
  • Las reglas del juego, lo más claras posible: Hay diversas soluciones y cada organización debe buscar la suya pero está claro que contar con normas claras y códigos éticos definidos y compartidos por toda la organización es vital. De este modo quien entre en la organización sabrá bien en qué marco se mueve y cómo reaccionar ante posibles dilemas. Dejar la resolución de estos conflictos a la moral personal de cada trabajador o trabajadora no parece la mejor idea cuando está claro que cada persona tiene sus propios principios y códigos.
  • Canales claros y seguros : Sí, siempre hay un riesgo de denuncia banal, de « ganas de fastidiar » a un determinado compañero molesto… Pero como mínimo la organización debería comprometerse, no sólo a establecer canales de denuncia claros y seguros para las personas que los utilizan, sino también a estudiar cada caso que se reporte, poniendo en marcha estudios independientes en los casos más graves. Implicar a aquellas personas relacionadas de una u otra manera con las personas investigadas, o dejar la responsabilidad en manos de alguien de la misma misión (el jefe de país, el coordinador de la misión…) no parece la mejor idea…
  • A pesar de que muchas veces las organizaciones tienen prisa por encontrar profesionales para responder a una crisis o cubrir un determinado puesto es indispensable llevar a cabo una verificación seria y cuidadosa de las referencias. No se trata de investigar con una lupa la vida personal de los candidatos, ni de violar las normativas de protección de datos, lo que decimos es que a pesar de la prisa y la necesidad, los procesos de reclutamiento deben ser cuidadosos ya que, admitámoslo, las relaciones desiguales de poder son un hecho innegable, y por tanto existe un riesgo. Además, los casos de personas que han sido despedidas por conducta “inapropiada” o escándalos de algún tipo y que terminan trabajando en otra organización son más frecuentes de lo que nos gustaría admitir.
  • Y por supuesto, a nivel más global, se trata de favorecer e impulsar la transparencia. El sector ha sobrevivido a otros escándalos (recordemos por ejemplo el escándalo de Intervida o el de Arca de Noae) y si lo ha hecho es por la confianza de las personas. En respuesta a esa confianza hay que ser transparente y coherente, por ejemplo, MSF publicó de manera inmediata los datos de los que disponía sobre casos similares a los de Oxfam en su organización. Cierto es que ha recibido ataques pero en general su reputación no ha sido dañada… Ni los donantes ni las personas que apoyan a las organizaciones son tontas, son capaces de entender y al final apoyan una determinada organización, sobre todo, porque confían en ella, y perdonarán antes un error que una mentira.

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